sábado, 7 de mayo de 2016

Domingo VII T.P. Ascensión del Señor


Seréis mis testigos: tiempo de la Iglesia, tiempo del testimonio

       La fiesta de la Ascensión invita a tomar conciencia y celebrar un aspecto importante de la resurrección de Jesús: Jesús resucitado continúa realizando su misión salvadora por medio de la Iglesia, pueblo de testigos.

       El Evangelio recuerda cómo Jesús explicó a sus discípulos el sentido salvador de su muerte y resurrección y que les dio el encargo de que dieran testimonio en todo el mundo de que esto implica el perdón de los pecados. Después alude a su subida al cielo, bendiciendo como sacerdote. Es el final de su camino terreno en que ha cumplido plenamente la tarea encomendada por el Padre que lo recibe en el cielo. El relato de Hechos lo repite con más detalle. Durante cuarenta días (un ciclo completo) explicó a los discípulos el sentido de su muerte y resurrección y los convierte así en testigos cualificados. Después les manda que, en calidad de testigos, den a conocer esta realidad a todo el mundo. Finalmente sube al cielo y unos ángeles explican que volverá de nuevo en la parusía a coronar la obra salvadora que ahora va a realizar por medio de la Iglesia. Mientras tanto es el tiempo del camino de la Iglesia, tiempo de dar testimonio.

       La ascensión no significa que Jesús va a empezar ahora a compartir la gloria de Dios Padre. Lo hace desde el momento de la resurrección. Significa que ya ha terminado el breve período de las apariciones para preparar a sus testigos cualificados. Jesús resucitado no se ha ido, dejando el encargo de evangelizar a su Iglesia, para venir de nuevo al final de la historia, desentendiéndose mientras tanto de la suerte de la misión. Continúa con nosotros, pero de otra forma. Antes estaba en forma visible y material, con un cuerpo terreno, ahora en forma invisible y espiritual, con un cuerpo espiritual, pero sigue siendo el protagonista de la obra salvadora de su Iglesia por medio de su Espíritu. El período de cuarenta días fue un período de transición, preparando a sus discípulos para el nuevo modo de continuar su tarea. Cuando la Iglesia predica es él quien predica, cuando bautiza, es él quien bautiza, cuando perdona, es él quien perdona...

       La misión de todos los cristianos, cada uno según la tarea concreta recibida, es continuar la obra de Jesús en calidad de testigos. Calidad de testigos implica una persona que ha experimentado y vivido todo lo que está diciendo y haciendo. No se trata de actuar como un profesional y experto de una doctrina religiosa sino como un convencido de lo que hace porque mantiene una amistad viva con Jesús y es testigo de su salvación. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice cómo la primera generación cristiana cumplió este encargo de dar testimonio: siendo fieles a la doctrina apostólica, compartiendo los bienes, orando juntos, predicando cf. 2,42-47; 4,32-35.

       En la celebración de la Eucaristía profundizamos en nuestra calidad de testigos. En ella es Jesús el protagonista que actualiza por medio de su Iglesia su obra más importante, su muerte y resurrección. En ella está presente en la comunidad que ofrece y en el presbítero que actúa en su nombre.


Rvdo. D. Antonio Rodríguez Carmona

viernes, 6 de mayo de 2016

«Soportar con paciencia los defectos de los otros»




«LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

                                   LA SEXTA OBRA ESPIRITUAL DE MISERICORDIA

No siempre es fácil ni posible. El único secreto que acierto a compartir, a la luz del Evangelio, es invitaros a que seáis un «taburete» para el otro. A ver si logro explicarme. Tal vez con esta imagen inocente pueda resultar más claro: «Cuentan que un monje se escapaba todas las noches del monasterio. Para saltar la tapia colocaba un taburete junto a la ventana. A la vuelta lo recogía para la noche siguiente. Nadie hablaba de ello. Toda la comunidad era consciente. El Abad también. Sin embargo, no sabía cómo ayudarle. Pensó reprenderle, pero si lo hacía tenía la certeza de que lo perdería. Quiso expulsarlo pero expulsándolo era condenarlo de antemano. Hasta que una noche, el Abad quitó el taburete y se colocó él agachado esperándole. Éste, cuando volvió saltó sobre la espalda del Abad. El Abad se incorporó sin una queja y le saludó con una leve inclinación. Nadie se enteró. Nadie pidió perdón y nadie se sintió obligado a otorgarlo. Aquel monje nunca volvió a escaparse por la ventana».

No sólo en las comunidades de consagrados se viven situaciones parecidas. También en nuestros hogares tenemos que cargar con las limitaciones y miserias ajenas. Los amigos, los escogemos. Los hermanos, nos vienen dados. Son un regalo, aunque a veces nos mortifiquen.

El entorno laboral es un terreno propicio para que muchas veces surjan roces, malas caras y discusiones… dejando al descubierto la incapacidad de las personas para aceptarse y tolerarse con los propios defectos, con las propias flaquezas.

 ”En casi todos los trabajos –según me comentaba el responsable de Recursos Humanos de un grupo hotelero– suelen darse los mismos problemas en lo que se refiere a la relaciones de la convivencia: egoísmo, prepotencia, pereza, falta de colaboración, envidias, zancadillas, guerras internas, etc… Lo importante es no dejar que esos fallos, que son muy humanos, ganen terreno”.

Por eso me decía que “la paciencia con los compañeros, con los jefes y con los empleados es clave para crear un clima positivo, en el que se valore más a los otros por lo que tienen de bueno que por lo que no nos gusta de ellos”.

De igual modo “pasa en el matrimonio, en la familia, con los amigos o en la vida comunitaria”. En muchas ocasiones “la paciencia tiene que ir de la mano de la mansedumbre y de la humildad, para saber pedir perdón, incluso cuando uno no tiene la culpa”. El Papa Francisco, nos recuerda que hay tres palabras que deben estar a flor de piel: «gracias», «permiso», «perdón».

Sólo cuando la miseria humana se ve acorralada por el buen corazón, que es reflejo del amor y de la misericordia de Dios, el que falla logra ir venciendo los defectos; y el que está a su lado, logra ir venciendo la impaciencia.

 ¡Qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro! Cuando no resaltamos los defectos o flaquezas del prójimo estamos colaborando en la construcción del Reino de Dios. Tengamos paciencia con las flaquezas y defectos de los ancianos, de los niños, de los vecinos, de los compañeros de trabajo, de las personas con las que convivimos… y ellos la tendrán también con nosotros.

Con mi afecto y bendición,
Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

jueves, 5 de mayo de 2016

El día llega


                                                                           
Cuando decimos: “El tiempo de Dios “visible” está cerca”, es que seremos testigos de su venida, no sé si en esta generación y yo como siempre en medio, pero es lo de menos estar vivo. No es un cuento, tampoco soy vidente, ni tengo charlas por parte de Dios; simplemente la hora de la Justicia llega. ¡Miremos al mundo, contrastemos el Evangelio de Juan!

Todo se cumple, cada acontecimiento es un aviso cierto. No será hoy ni mañana pues aún quedan elegidos por sacar de este mundo y en ello está Dios.

Cada alma cuenta; cada rezo, una moneda de cambio por aquél que Le dio la espalda; cada acto de bondad, una mirada de Dios. Las oportunidades se amontonan ¡No desperdiciemos ni una!

Ser enteramente de Dios es difícil, pero seamos conscientes de que no habrá vuelta atrás ni arrepentimientos que valgan en ese justiciero día ¿Queremos estar a su derecha? 

Obediencia es lo que su Palabra pide a los católicos (no sólo somos cristianos). Sabemos perfectamente lo que hacemos, nada nos es dudoso: Desde la crítica o el insulto, hasta… Lo sabemos muy bien. A los seguidores de Jesús, el mal nos tienta como a nadie.
     
De momento y aquí (no, después) tenemos su Misericordia sin límites. Cerremos nuestras puertas y bocas a infames palabras y actitudes; olvidemos la venganza y durmamos en Dios. Él resolverá a su manera. 

Adiós amigos y si hay un mañana, agradecedlo, será un día más de confesión y perdón.

Me he puesto seria. Somos ¡Tan miserables!

Emma Díez Lobo


miércoles, 4 de mayo de 2016

La mirada de la Virgen

Queridos hermanos en el Señor:
Os deseo gracia y paz.

Con una sola mirada se pueden decir muchas cosas, se pueden expresar muchos sentimientos, se pueden compartir muchas experiencias. Con la mirada podemos transmitir afecto, aliento, atención, respeto, confianza, compasión y amor. También podemos comunicar temor, recelo, desconfianza, orgullo, altanería, soberbia y envidia.

Por eso, es importante aprender a mirar, a ver con detenimiento. Escribe san Pablo: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9). Hay algo más allá de nuestra capacidad de ver, de oír y de pensar que corresponde a un proyecto preparado por Dios.

La Virgen María nos enseña a mirar y nos anima con su mirada. Ella nos indica lo que no es visible a los ojos; lo que está más allá de la superficie; lo que no resulta evidente, ni palpable, ni tangible; lo que descubrimos en la raíz de las personas, de los acontecimientos y de todas las cosas.

Los ojos de la Virgen María siempre están atentos y centrados en su Hijo. Desde la Anunciación hasta Pentecostés, desde la pobreza de Belén al sufrimiento de la cruz. En todas las circunstancias y en todos los momentos, Ella supo contemplar en silencio, actuar con amor y delicadeza, creer con firmeza y esperar confiadamente. Por eso, vemos a la Virgen María como imagen y modelo de la Iglesia.

La Virgen María nos enseña a ver con admiración el designio de Dios, a reconocer la fidelidad de Dios a sus promesas y a apreciar la fuerza que viene de Él. De ella aprendemos a vivir con alegría y a distinguirnos por un comportamiento fiel y al mismo tiempo libre. Con la fidelidad que procede del amor y con la libertad que garantiza el Espíritu Santo.

La Virgen María nos mira con ternura, con misericordia, con amor de madre. Experimentamos su mirada y no nos sentimos aislados, ni separados, ni ignorados, sino miembros de una única familia congregada por su Hijo. Aprendemos a mirar a todos los demás con amor, sabiendo que somos amados, y que sentimos el impulso de amar no solamente con palabras, sino con las obras de cada día.

Ella está muy cerca de quienes se esfuerzan por llevar a casa el pan de cada día. Ella escucha el grito del dolor inocente. Conoce nuestras preocupaciones concretas y bien definidas: la falta de trabajo y la precariedad laboral; la inquietud por el presente y la incertidumbre ante el futuro; la pobreza y la discriminación; la injusticia y la violencia; la mentira y la mezquindad; la soledad y la enfermedad.   Ella nos anima para que acudamos confiadamente a su Hijo Jesús, para que encontremos acogida, misericordia, perdón y nuevo impulso para proseguir el camino. Como en las bodas de Caná, nos dice: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5).

En la Virgen María la humanidad alcanza la máxima posibilidad de cooperación con el proyecto de Dios. Por eso, es la referencia más segura para comprender qué significa ser Iglesia, en comunión con Dios y con los hermanos.

En este mes de mayo rezamos con amor de hijos: “Reina y Madre de misericordia (…) vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición,

+Julián Ruiz Martorell,
Obispo de Jaca y de Huesca


martes, 3 de mayo de 2016

Rogar a Dios por los vivos y por los difuntos



                      «LA REVOLUCIÓN DE LA TERNURA, SE LLAMA MISERICORDIA»

 LA SÉPTIMA OBRA ESPIRITUAL DE MISERICORDIA

 También en esto somos afortunados en nuestra Diócesis. Contamos con cuatro comunidades contemplativas que trabajan y rezan por cada uno de los hijos del Alto Aragón: las clarisas en Monzón; las capuchinas en Barbastro; las hermanitas de Belén en el Monasterio de Sijena; los del Verbo Encarnado en el Monasterio del Pueyo. Son nuestros verdaderos pararrayos. Nuestra lámpara ante el Santísimo. Aunque pueda resultar paradójico son nuestros efectivos más activos y fecundos. Nos ayudan a ser sólo del Señor, a vivir en y desde el Señor. No han huido del mundo como muchos se imaginan sino que lo mueven y lo sostienen desde dentro, desde sus raíces.
¡Ser tod@ del Señor! ¡Guau! Sólo pensarlo produce vértigo y escalofrío. Sin embargo, como dirían nuestros jóvenes, esto sí que es auténtico («top, top»), aspirar a la «excelencia», a lo máximo, a vivir en el Señor. Ninguna de las obras de misericordia corporales o espirituales que he ido desgranando semana tras semana se pueden vivir o practicar si no hay realmente una intimidad con el Señor. «Todo aquí abajo -afirmaba M. Blondel- se sostiene por arriba». En la tierra no sólo existe lo que se puede ver o tocar. Si lográsemos adentrarnos en nuestro interior, hacer silencio, abrir los ojos del corazón, vivir la vida desde abajo y desde adentro, en toda su profundidad y trascendencia… quedaríamos fascinados al descubrir cómo también nuestra vida pende de una mirada divina, trascendente, sobrenatural que todo lo ilumina. Cada vez que alzamos nuestra mirada o nuestra voz a Jesucristo, fuente de la misericordia, experimentamos su presencia, su cercanía, su dulzura, su comprensión, su paciencia, su perdón, su GRACIA… Es la llave que nos abre el corazón y lo torna manso y humilde como el suyo.
Nunca como ahora me he sentido tan afortunado al saber que cuento con una «patrulla» cualificada de hombres y mujeres que piden a Dios por vosotros y por mí en la Diócesis. Rezar diariamente los unos por los otros no es sólo una práctica saludable sino necesaria. A mí ya es lo único que me consuela cuando no puedo corresponderos personalmente con la prontitud que quisiera. Tened la certeza que cada mañana, cuando beso el anillo pastoral, es mi primera caricia que le ofrezco al Señor por cada uno. Y cuando presento al Señor la ofrenda del pan y del vino en la Eucaristía, incluyo vuestro rostro y vuestro nombre. Os conecto con el Señor y le presento todas vuestras inquietudes, preocupaciones, anhelos. Sois desde el día 9 de diciembre de 2014, fecha en que el Prefecto de la Congregación de Obispos me comunicó oficialmente que el Papa Francisco quería que fuera vuestro «pastor», la mejor ofrenda de mi eucaristía diaria. Y en el memento de difuntos le pido diariamente al Señor por cada uno de vuestros familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo que han fallecido para que sean nuestros mejores intercesores y se transformen en estrellas luminosas que nos conduzcan hasta Él.
Mi oración, como ya os he compartido en alguna ocasión, es muy humilde y sencilla. Se reduce frecuentemente a una respiración: Con la inspiración digo: ‘Jesús…’ y con la expiración: ‘piedad’. O con más frecuencia: ‘Jesús…’, ‘gracias’. Según el color de mi alma, multiplico la imploración o la acción de gracias. Así es como mi oración se ha «reducido» y simplificado al máximo. Quizá tendría que hacerlo de otra manera, pero encuentro tanta paz y fortaleza que me resisto a abandonarla… Por otra parte, con esta vida tan ocupada que llevo, me permite, tan sólo respirando, conectarme con Dios y con cada uno de vosotros.

Con mi afecto y bendición,

Ángel Pérez Pueyo

Obispo de Barbastro-Monzón

lunes, 2 de mayo de 2016

¡Denunciad!

                                        


                        
¿Qué está pasando? Somos millones los contrariados y algo ahoga nuestro clamor de hermandad. No sé cómo calificar a quienes portan a sus espaldas el odio a lo católico. Los ateos y paganos de turno con sus maléficas risas, se han instalado en nuestras instituciones, iglesias, en nuestra fe.

¿Por dinero, envidia, complejo, maldad? me da igual, pero me asalta una pregunta: ¿Por qué se permitió? Adoctrinan a un país contra Dios.

Dios lo ve, lo sabe y nos une más que nunca, pero también nos dice ¡Denunciad!, no os arrinconéis en vuestras casas, sois mi boca y mis manos: 
Yo escribo, tú haces un periódico, tú un artículo, él un blog, otro reúne firmas, ellos hacen misas, aquellos rezan, pero… Señor, ¡los malos aumentan!, ¿cómo pararles?

-“Seguid mi voluntad con vuestro trabajo y no decaigáis. Sé lo que está por venir, no es el destino de nada sino Mi ausencia en ellos; os ayudaré y estaré con vosotros hasta el último día”.

- ¡Y también, muchos inocentes cascan, Señor! (yo a lo mío).

- “Lo séeeeeee y en Mí descansan por toda la eternidad. No os preocupéis por ellos sino por vosotros y hablad de Mí mientras podáis. Es vuestra arma, usadla y haced honor a ella; Yo os pondré palabras en vuestra boca, Yo usaré las “redes” y denunciaré el dolor infringido, pero sobre todo, rezad por su conversión… Son los tiempos que os toca vivir”.

Sin miedo alguno, pero ¡vaya marronazo de gente!, y además…

- “Chissssssssss ¡a trabajaaaar!!!”      

Emma Díez Lobo


domingo, 1 de mayo de 2016

Mayo, mes de María




HIMNO A LA VIRGEN MARÍA

La Virgen me invita a cantar el misterio que yo contemplo con admiración. Hijo de Dios, dame tu don admirable, haz que temple mi lira, y que consiga detallar la imagen completamente bella de la Madre bienamada.

La Virgen María da al mundo a su Hijo quedando virgen, amamanta al que alimenta a las naciones, y en su casto regazo sostiene al que sostiene el universo. Ella es virgen, y es madre, ¿qué no es?

Santa de cuerpo, completamente hermosa de alma, pura de espíritu, sincera de inteligencia, perfecta de sentimientos, casta, fiel, pura de corazón, leal, está llena de todas las virtudes.

Que en María se alegre toda la raza de las vírgenes, pues una de entre ellas ha alumbrado al que sostiene toda la creación, al que ha liberado al género humano que gemía en la esclavitud.

Que en María se alegre el anciano Adán, herido por la serpiente. María da a Adán una descendencia que le permite aplastar a la serpiente maldita, y le sana de su herida mortal.

Que los sacerdotes se alegren en la Virgen bendita. Ella ha dado al mundo el Sacerdote eterno que se ha hecho El mismo víctima. El ha puesto fin a los antiguos sacrificios, habiéndose hecho la Víctima que apacigua al Padre.

Que en María se alegren todos los profetas. En ella se han cumplido sus visiones, se han realizado sus profecías, se han confirmado sus oráculos.

Que en María se alegren todos los patriarcas. Así como Ella ha recibido la bendición que les fue prometida, así Ella les ha hecho perfectos en su Hijo. Por El los profetas, justos y sacerdotes se han encontrado purificados.

En lugar del fruto amargo cogido por Eva del fatal árbol, María ha dado a los hombres un fruto lleno de dulzura Y he aquí que el mundo entero se deleita por el fruto de María.

El árbol de la vida, oculto en medio del Paraíso, ha surgido en María y ha extendido su sombra sobre el universo, ha esparcido sus frutos, tanto sobre los pueblos más lejanos como sobre los más próximos.

María ha tejido un vestido de gloria y lo ha dado a nuestro primer padre. El había escondido su desnudez en los árboles, y es investido ahora de pudor, de virtud y de belleza. Al que su esposa había derribado, su hija le alza; sostenido por Ella, él se endereza como un héroe.

Eva y la serpiente habían cavado una trampa, y Adán había caído en ella; María y su real Hijo se han inclinado y le han sacado del abismo.


La vid virginal ha dado un racimo, cuyo suave jugo devuelve la alegría a los afligidos. Eva y Adán en su angustia han gustado el vino de vida, y han hallado el total consuelo.