viernes, 24 de noviembre de 2017

Zaqueo




La lectura del fragmento evangélico (Lc 19, 1-10) nos pone, creo, ante una conversión, nos presenta un encuentro con el Señor, en cierto modo inesperado porque Zaqueo solo sentía curiosidad  trataba de ver quién era Jesús‒, había oído hablar tanto de Él que sentía la sana curiosidad humana de conocerlo físicamente; su doctrina, por la expresión usada en el evangelio, parece que no le llamaba tanto la atención como su aspecto físico; para Zaqueo, Jesús debería de ser un fenómeno de masas, en lenguaje actual, que arrastra a muchos seguidores y él sentía necesidad de fisgonear. Se podía dar por bien empleado el que llegáramos a conocer al Señor, aunque solo fuera por fisgoneo, la sola curiosidad merece la pena intentar un encuentro con Él, los medios es lo de menos, lo que importa es la finalidad.
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Pero aquel curioso tenía una dificultad: no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Con suma frecuencia a algunos cristianos nos pasa lo mismo, somos “bajitos” espiritualmente, no damos la talla y además estamos rodeados de infinidad de cosas materiales que nos impiden acercarnos al Señor. Vamos llevados en volandas de acá para allá por la cantidad de necesidades materiales que nos hemos buscado y, claro, esas propias necesidades nos impiden ver el rostro del Señor, ellas son nuestro gentío que nos supera y nos empequeñece. Deberíamos de tener la sagacidad y astucia del propio Zaqueo para salir de ese mundo que nos rodea e impide ver a Jesús.

[Zaqueo] corriendo más adelante, se subió en un sicomoro. Nosotros debemos adelantarnos al gentío, no debemos dejarnos rodear por ese mundo de infinidad de asuntos y problemas, debemos correr adelante para subirnos a nuestra higuera que nos permita verle el rostro. Pero cuál no sería su sorpresa al ocurrir lo contrario: Jesús lo ve primero y dirigiéndose a él le dice: “Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”. Esos dos verbos en imperativo encerrando al sustantivo “prisa” son muy elocuentes; Jesús tiene prisa para hospedarse en nuestra casa, nos requiere con urgencia; no le dice: a ver si nos vemos o ya te llamo y quedamos, no: date prisa y baja. Zaqueo responde a la celeridad y urgencia con celeridad y urgencia: Él se dio prisa en bajar. Nosotros también tenemos que darnos prisa a la llamada divina, no debemos hacerle esperar, es urgente que entre en nuestra casa y para ello hay que bajar a ras de suelo y apartar todo ese gentío que nos impide verle cara a cara, plantarnos ante Él y recibirlo muy contento.

Pero nuestro cometido no es solo recibirlo muy contentos en nuestra casa, sino que lo inmediato es actuar, cambiar de actitud, ya le hemos conocido y nos ha mostrado su generosidad, pues ahora nos toca a nosotros corresponder no solo con nuestros medios económicos en favor de los más desfavorecidos, sino que todo nuestro ser con todas sus facultades tiene que ser puesto a disposición del prójimo. Ahora es el momento de olvidarnos de nosotros mismos y ponernos al servicio de los demás. Esa es la conversión: volver nuestra vida del revés. Nuestra total entrega a Dios en la persona del prójimo y así recibir la misma respuesta que recibió Zaqueo: Hoy ha sido la salvación de esta casa.


Pedro José Martínez Caparrós

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