miércoles, 3 de abril de 2019

No tengo a nadie que me meta en la piscina



         Tiene que ser muy triste estar solo y desvalido en la vida y más aún con el agravante de estar rodeado de semejantes. Hemos montado una sociedad en la que pugnamos diariamente por algún tipo de supervivencia debemos indagar cuál es la nuestrasin apreciar que a codazos vamos dejando al margen a  muchos  enfermos, ciegos, cojos,    paralíticos que por no seguir nuestro ritmo finalizan marginados cuando no desahuciados. Seguro que ni todos ni siempre lo hacemos por maldad, pero la realidad es que por el camino van quedando paralíticos que no tienen quien les meta en la piscina.

         También es posible que con suma frecuencia se haga realidad que el hombre que llevaba allí treinta y ocho años enfermo no sea otro, sino yo, que critico la situación. Porque no es menos cierto que al amparo de esa competitividad, referida anteriormente y a la que culpamos, se encuentre el hombre perezoso, apático, vividor y parásito social que cada uno llevamos dentro. Creo que nuestra vida es una dualidad de actitudes contradictorias y que en cada ocasión manifestamos y mostramos la que más nos interesa, hipocresía pura y dura. Si no de forma habitual, pero sí en ciertos momentos interesados preferimos mostrar la otra cara, lo que en lenguaje coloquial se llama escurrir el bulto.

         Queda patente que todo lo anteriormente escrito parece referido a la vida material, pero igualmente claro es que es aplicable metafóricamente a la espiritual o viceversa.

Debemos de promocionar en este tipo de sociedad a este otro amigo que acaba diciéndonos: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. Esto no es metafórico sino muy real. Si por lo que sea no lo encontramos en la piscina de la vida social, vayamos a su encuentro, no esperemos y sobre todo que nunca nos tenga que decir aquellas otras palabras finales: “…no peques más, no sea que te ocurra algo peor”.

Pedro José Martínez Caparrós



No hay comentarios:

Publicar un comentario