domingo, 7 de agosto de 2016

Sólo cuando existe el deber de amar




Apuntó el filósofo que, después de Platón, ha escrito las cosas más bellas sobre el amor, Kierkegaard—, sólo entonces el amor está garantizado para siempre contra cualquier alteración; eternamente liberado en feliz independencia; asegurado en eterna bienaventuranza contra cualquier desesperación". El sentido de estas palabras es que la persona que ama, cuanto más intensamente ama, tanto más percibe con angustia el peligro que corre su amor. Peligro que no viene de otros, sino de ella misma. Sabe bien que es voluble, y que mañana, ¡ay!, podría cansarse y no amar más, o cambiar el objeto de su amor. Y ya que, ahora que está en la luz del amor, ve con claridad la pérdida irreparable que esto comportaría, he aquí que se previene "atándose" a amar con el vínculo del deber y anclando, de este modo, en la eternidad su acto de amor realizado en el tiempo.

Ulises deseaba volver a ver su patria y a su esposa, pero tenía que atravesar el lugar de las sirenas, que hechizaban a los navegantes con su canto y los llevaban a estrellarse contra las rocas. ¿Qué hizo? Mandó que lo ataran al mástil de la nave, después de haber tapado con cera los oídos a sus compañeros. Al llegar a ese lugar, hechizado, pedía a gritos que lo desataran para poder alcanzar a las sirenas, pero sus compañeros no podían oírlo, y así pudo volver a ver su patria y volver a abrazar a su esposa y a su hijo. Es un mito, pero ayuda a entender el porqué, también humano y existencial, del matrimonio "indisoluble" y, en un plano diferente, de los votos religiosos.

El deber de amar protege al amor de la "desesperación" y lo hace "feliz e independiente" en el sentido de que protege de la desesperación de no poder amar para siempre. Dadme un verdadero enamorado —decía el mismo pensador— y él os dirá si, en amor, existe oposición entre placer y deber, si el pensamiento de "deber" amar para toda la vida procura al amante temor y angustia, o más bien gozo y felicidad total. 

Al aparecerse, un día de Semana santa, a la beata Ángela de Foligno, Cristo le dijo unas palabras que se han hecho célebres:  "¡No te he amado en broma!"  Cristo verdaderamente no nos ha amado en broma. Existe una dimensión lúdica y graciosa en el amor, pero el amor mismo no es una broma; es lo más serio y lo más cargado de consecuencias que existe en el mundo; la vida humana depende de él. Esquilo compara el amor con un leoncillo que se cría en casa, "al inicio, más dócil y tierno que un niño", con el que se puede incluso bromear, pero que, al crecer, puede causar estragos y manchar la casa de sangre.
Estas consideraciones no bastarán para modificar la cultura actual que exalta la libertad de cambiar y la espontaneidad del momento, la práctica del "usar y tirar" aplicada también al amor.
(Lamentablemente, se encargará de hacerlo la vida, cuando al final uno se encuentre con cenizas en la mano y la tristeza de no haber construido nada duradero con el propio amor). Pero ojalá que por lo menos sirvan para confirmar la bondad y la belleza de la propia elección a aquellos que han decidido vivir el amor entre el hombre y la mujer según el proyecto de Dios; y sirvan para animar a muchos jóvenes a hacer la misma opción. 

No nos queda más que entonar con san Pablo el himno al amor victorioso de Dios. Nos invita a realizar con él una maravillosa experiencia de curación interior. Piensa en todas las cosas negativas y en los momentos críticos de su vida:  la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada. Los contempla a la luz de la certeza del amor de Dios y grita:  "Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó".

Alza entonces la mirada; desde su vida personal pasa a considerar el mundo que lo rodea y el destino humano universal, y de nuevo surge la misma certeza gozosa: "Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida..., ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá jamás separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 37-39). 


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