jueves, 16 de agosto de 2018

Dadles vosotros de comer (Lc 9,13)







El episodio narra el Evangelio que conocemos de la “Multiplicación de los panes y de los peces”. El pueblo hambriento de la Palabra de Jesucristo, se olvida de comer, pero Él, que ama al hombre y conoce sus necesidades, corporales y espirituales, se ocupa de aquellas, sin desatender lo más importante, que es el Pan de su Palabra. Y ante la llamada de los Apóstoles a Jesús para despedir a la gente que le escuchaba, Él les dice: “… Dadles vosotros de comer…”. Y desde entonces, por el poder que Jesucristo ha dado a los sacerdotes de consagrar el pan y el vino para que, por medio del Espíritu Santo se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios, y se repartan a los fieles.

Hasta aquí, todo ello es conocido por los fieles que son llamados por Él a gozar ya en la tierra de los Bienes del Cielo, bajo la forma de las Especies Consagradas.

Pero hay algunos sacerdotes, en algunas iglesias, incluso con el beneplácito de los fieles, que dejan sobre el altar el Copón  y el Cáliz con las sagradas Formas, de tal manera que los mismos fieles se las administran. En la instrucción Immensae caritatis (1973), la Iglesia autoriza a algunos laicos a ejercer como ministros extraordinarios de la Eucaristía, para facilitar el acceso al Sacramento. Pero en los tratados de Liturgia se dice explícitamente que:”…No se puede dejar el cáliz o la patena sobre una mesa o altar para que los fieles se acerquen a la Comunión y vayan tomando para sí la Eucaristía. El servicio es de persona a persona, y forma parte de la sacramentalidad de la Eucaristía. (Peter J. Elliott. Tratado de Liturgia nº 605 pag 189)”.

Este ministerio SOLO se puede realizar por el sacerdote, diácono o ministro extraordinario de la Eucaristía.

Amemos nuestra Liturgia, muy rica en expresiones y signos que nos ayudan a comprender el Misterio que Dios ha depositado en manos de las personas autorizadas, representantes de los apóstoles, y cumplamos su mandato: “…Dadles vosotros de comer…”

Sin  embargo, todos somos llamados a poder repartir el Pan de su Palabra, al anuncio del Evangelio. Y, como dice san Pablo: “… A tiempo y a destiempo…” 
(2 Tim 4,2)

Nos urge el tiempo que se nos va; no podemos perder la ocasión del anuncio del Evangelio, - el Kerigma -, el anuncio de su Palabra. Y este anuncio no solo es con nuestras palabras, sino, sobre todo, con nuestra vida.

Alabado sea Jesucristo,

Tomas Cremades Moreno

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