viernes, 31 de agosto de 2018

Los talentos



 Leyendo atentamente esta parábola (Mt. 25, 14-30) nos damos cuenta de que todos los seres humanos tenemos varios tipos de talentos sobre los que tendremos que presentar balance el día en el que vuelva “Aquel” que nos los entregó para que se los administráramos en su ausencia.


Con suma frecuencia se asume y se da por descontado que los talentos están referidos a las riquezas materiales; incluso nos llevaría a pensarlo las propias palabras evangélicas: “Pues haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con intereses”. Efectivamente el día del juicio tendremos que dar cuentas del aprovechamiento físico de nuestro patrimonio, veremos claramente si lo hemos dilapidado o si por el contrario hicimos un uso correcto y adecuado del mismo.

Pero también se puede deducir que los talentos evangélicos están referidos a las cualidades y habilidades adquiridas y realizadas en nuestras vidas profesionales. Mis talentos son cómo y de qué manera respondo de y en mi trabajo; tendremos que dar explicaciones de si hemos puesto empeño y ganas en el desarrollo del trabajo o, por el contrario, lo hemos hecho de mala gana y solo para salir del paso. Habrá que ver si el prójimo obtuvo de nuestra labor lo que esperaba de nosotros o, por el contrario, tendrá reproches y decepciones por nuestra falta de entrega.

Igualmente cada cual tenemos nuestras capacidades innatas, las que llevamos dentro, por genes podíamos decir ‒bien podría referirse el evangelista a estas cuando habla del talento enterrado, y que sin embargo quizá no las explotamos suficiente y generosamente. También de ellas tendremos que dar cuenta porque… “…a cada cual según su capacidad”. Así que estamos obligados a desarrollar estas capacidades de forma que los que hay a nuestro alrededor obtengan un cierto fruto de las mismas. Tenemos que pararnos a pensar muy detenidamente qué tenemos dentro que guardamos para nosotros solos y que sin embargo los demás deberían ser partícipes de sus frutos. ¿Tenemos capacidad para cualquier tipo de arte? ¿Tenemos suficiente buen humor para transmitir alegría? ¿Tenemos una gran voluntad? ¿Tenemos un cierto poder de convencimiento con nuestro verbo? ¿Tenemos madera de líder? ¿Tenemos un sexto sentido por el que nos percatamos antes de que lleguen los riesgos o peligros? ¿Tengo tiempo libre?

Tenemos la obligación de averiguar cuál es nuestro don especial y particular. Quizá estos talentos sean los más difíciles de explotar o de llevar a nuestra relación con los demás porque los consideramos de nuestra exclusiva propiedad, pertenecen a mi intimidad; ¡a algo propio tendré derecho!, pensamos. No por casualidad a esas capacidades también se refería Jesús. Esos son los bienes que al irse de viaje nos dejó encargados, de esos nos pedirá intereses. Precisamente esos que tenemos enterrados para que no nos los roben, esos que son para uso y disfrute de mi propia persona, los que tengo dedicados a mi particular atención, justamente de estos también habrá que dar explicaciones.

Ilumínanos, Señor, para que descubramos y pongamos a trabajar todos los talentos que nos has entregado para su útil administración. Danos sabiduría y voluntad para su correcta explotación.

Pedro José Martínez Caparrós

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