lunes, 9 de septiembre de 2019

Con conciencia de enviados



Cuando me puse a escribir esta carta al comenzar el curso, recordé la página del Evangelio que el lunes pasado nos regalaba la Iglesia: esa que relata la vuelta de Jesús a Galilea y, en concreto, a Nazaret, que era donde había sido criado. Nos ayuda a asumir el realismo con el que tenemos que vivir nuestra vida cristiana, porque también todos nosotros volvemos a los lugares donde vivimos, trabajamos, o estudiamos. Como Nazaret para Jesús, esos lugares a los que volvemos son significativos para nosotros. En ellos hemos de vivir y dar lo mejor de nosotros mismos, al tiempo que vamos a aprender de quienes nos rodean: familia, amigos, compañeros de trabajo, profesores que nos enseñan y nos regalan todo lo que nos ayuda a crecer como personas… Comenzar un nuevo curso en nuestro Nazaret, cada uno en el lugar donde esté, es una aventura maravillosa para todos, en la que podemos acentuar nuestra misión como cristianos, cada uno según la edad y las responsabilidades que tenga. Es una gran oportunidad para dar un salto cualitativo en nuestra vida; es una gracia inmensa que, si la acogemos como discípulos de Cristo, siguiendo sus huellas, nos permite vivir de un modo singular en medio de nuestras tareas y participar en la transformación de nuestro mundo.

¿A qué transformación me refiero? A esa que proclamó Jesús en su tierra cuando dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido: me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). El Señor llama a todos los hombres y mujeres de este mundo. Los que un día dijimos que sí y deseamos asumir este compromiso de transformación del mundo, que hemos recibido la vida del Señor, hemos sido invadidos por su Espíritu y ungidos, damos gracias a Dios por su llamada y por mantener nuestro entusiasmo en la misión. También le pedimos que mueva el corazón de todos los hombres que aún no lo conocieron o que, habiéndole conocido, sintieron que su entusiasmo decaía al ver la falta de testimonio de quienes creemos en Él.

Sí, el Señor llama e invita a tomarnos en serio la transformación de este mundo; llevando una vida que demuestre que esta transformación es sinónimo de honestidad y justicia y antónimo de cualquier forma de corrupción. Esto es posible. Hay que hacerlo siempre con la alegría y el entusiasmo que nos reclama y nace del encuentro con Cristo, que nos hace libres, sensibles a todas las necesidades de la humanidad, con capacidad crítica, con ese liderazgo que proviene de vivir una vida conforme a la dignidad con la que nos ha revestido el Señor. Os invito a vivir este compromiso con trasparencia y responsabilidad concreta por los demás y por el mundo.

Todos estamos de acuerdo en que podemos embellecer el mundo en el que vivimos si somos fieles a la belleza que, en su pueblo de Nazaret, Jesús expresó que traía y ofrecía a todos los hombres. ¡Qué palabras más precisas tiene el Señor para decirnos su misión e invitarnos a la misma! Ofrezcamos con obras y palabras la Buena Noticia, que es Jesucristo, a los más pobres; cada uno de nosotros puede pensar en estos momentos quiénes son los más pobres y cómo los tenemos en nuestro corazón. Regalemos la libertad que Dios ha dado y garantizado a todos los hombres y que, a menudo, nosotros retenemos a personas o grupos, dando la posibilidad de que todos tengan horizontes en la vida, visión auténtica de quiénes son y de quiénes son también los que viven junto a ellos. Rompamos toda opresión, toda atadura que nos limite desarrollar las dimensiones que tiene el ser humano, entre las que se encuentra la dimensión trascendente.

A modo de grito os ofrezco estas ideas para acoger en este nuevo curso:

1. ¡Qué grande es Jesucristo!
2. Quién sino Él nos ofrece tantas y tan bellas tareas para que los hombres nos sintamos ofreciendo una nueva imaginación a la humanidad.
3. Quién sino Él es capaz de desafiar miradas miopes y cortoplacistas, seductoras de resignación por la avidez de ese juego peligroso que es la competitividad.
4. Quién sino Él es huésped de sueños que desafían tantas certezas para nuestro tiempo y es generador de horizontes de vida que señalan nuevas miradas, llenas de compasión para todos los hombres.
5. Quién sino Dios nos hace testigos fuertes de apertura a todos los hombres porque todos ellos son hermanos nuestros.
6. Quién sino Él nos ofrece nuevos canales de entendimiento, de solidaridad, de creatividad, de ayuda mutua.
7. Quién sino Jesucristo nos da las medidas reales que nos impulsan al compromiso, a romper el anonimato y el aislamiento.
8. Quién sino Él nos invita a construir de una manera nueva la historia.
Comencemos el nuevo curso con conciencia de enviados. Esto es ser discípulos misioneros.

Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Cardenal Osoro,
Arzobispo de Madrid


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