jueves, 27 de abril de 2017

La búsqueda, más allá del alma, de lo inmutable





"Pregunta a la hermosura de la tierra, pregunta a la hermosura del mar, pregunta a la hermosura del aire dilatado y difuso, pregunta a la hermosura del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire: a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y los invisibles, que lo gobiernan. 

Pregúntales. Todos te responderán: «Contempla nuestra belleza.» Su hermosura es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la belleza inmutable? Ya en el hombre mismo, para poder conocer y comprender a Dios, creador del universo entero; en el mismo hombre, repito, se hizo la pregunta a ambos componentes, al cuerpo y al alma. Preguntaban a lo que ellos mismos eran: al cuerpo que veían y al alma que no veían, pero sin la cual no podían ver aquél. Veían, en efecto, mediante el ojo, pero el que ve a través de esas ventanas estaba dentro. De esta manera, cuando se marcha quien la habita, la casa se derrumba; cuando se aleja el principio rector, cae lo regido, y por eso recibe el nombre de cadáver. ¿No están, acaso, intactos los ojos? Aunque estén abiertos, nada ven. Los oídos siguen ahí, pero se ausentó el que oía; la lengua permanece, pero se alejó el músico que la movía. Preguntaron, pues, a estas dos cosas, al cuerpo, que se ve, y al alma, que no se ve, y descubrieron que es mejor lo que no se ve que lo que se ve; que es superior el alma, que queda oculta, e inferior la carne, visible. Vieron ambas cosas, las analizaron, discutieron sobre ellas, y advirtieron que, en el hombre, una y otra eran mudables. Al cuerpo lo hace mudable la edad, la enfermedad, los alimentos; el descanso y el cansancio, la vida y la muerte. A continuación se ocuparon del alma que habían reconocido ser ciertamente superior, y que les cau­saba admiración a pesar de ser invisible; advirtieron que también ella era mutable, que ahora quiere y luego no, que ahora sabe y luego ignora, que ahora se acuerda y luego se olvida, que ahora tiene miedo y luego es atrevida, que ahora progresa en la sabiduría y luego se hunde en la necedad. Al verla mutable, la trascendieron también a ella y buscaron algo inmutable. De esta manera, por las cosas hechas llegaron a Dios, que las hizo."

(San Agustín)


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