miércoles, 30 de mayo de 2018

Ho­gar para to­das las in­tem­pe­ries






Ocu­rrió en una pla­za co­rrien­te, por don­de la vida pasa con to­dos sus mo­men­tos en los que que­da re­tra­ta­da la gen­te. Aquel día Je­sús se que­dó mi­ran­do a un gru­po de ni­ños que ju­ga­ban en la pla­za. Los vio en­fa­dar­se, por­fiar, cómo to­ca­ban la flau­ta y en­to­na­ban can­ta­res, o cómo se po­nían se­rios cuan­do com­par­tían sus pe­sa­res. Co­sas de ni­ños, las pro­pias de una edad. Pero Je­sús mi­rán­do­los, tomó nota y les se puso como ejem­plo a sus im­pá­vi­dos dis­cí­pu­los que casi to­dos ellos ya eran unos hom­bre­to­nes bar­ba­dos. Una pla­za pue­de ser lu­gar don­de ad­mi­rar y que­dar­se pren­da­do en lo que allí se apren­de, in­clu­so de los más pe­que­ños. Una pla­za y unas eda­des que se con­vier­ten en pre­tex­to para que Dios allí nos diga algo que vale la pena ver, es­cu­char y apren­der.

La vida es una pla­za in­men­sa, con to­dos sus do­mi­ci­lios y to­das sus eda­des, con tan­tas cir­cuns­tan­cias en las que se pue­de si­tuar la exis­ten­cia de las per­so­nas. El Papa Fran­cis­co ha lla­ma­do a esta pla­za gran­de que es la Tie­rra, la “casa co­mún” que he­mos de sa­ber cui­dar en­tre to­dos. Y es que la casa es la vo­ca­ción úl­ti­ma, por ha­ber sido la vo­ca­ción pri­me­ra, a la que to­dos es­ta­mos con­vo­ca­dos des­de to­das nues­tras in­tem­pe­ries.

El ho­gar es ese te­rru­ño más de den­tro, más de fa­mi­lia, más del es­pa­cio que nos vio na­cer y cre­cer. Siem­pre hay una di­men­sión en la vida de las per­so­nas, que per­mi­te que nos sin­ta­mos y sea­mos ver­da­de­ra­men­te en casa: como un lu­gar en don­de no so­mos ni ex­tran­je­ros ni ex­tra­ños, en don­de nos sa­be­mos se­gu­ros, en don­de la gen­te que nos quie­re nos ro­dea, en don­de sa­ben nues­tro nom­bre, don­de han sa­bi­do des­cu­brir nues­tros ta­len­tos, y no se han es­can­da­li­za­do de nues­tros lí­mi­tes y de­bi­li­da­des. Por eso, vol­ver a ese re­cin­to, a ese ho­gar, es de­cir con todo su sen­ti­do: qué ale­gría da vol­ver a casa.
La Igle­sia como un ho­gar que aco­ge. No es un zulo para es­con­der nues­tras ver­güen­zas y mal­da­des; no es una man­sión que usur­pa­mos para que­dar­nos en ella como “oku­pas”; no es un lu­gar don­de eva­dir­nos de lo que so­mos, de aque­llos con los que es­ta­mos y de ha­cer lo que ha­ce­mos, como si fue­ra una casa de na­die y don­de no cabe nin­guno. No, es un ho­gar en­tra­ña­ble don­de la aco­gi­da se da por par­te del mis­mo Dios y por par­te de los her­ma­nos que en esa casa nos des­cu­bri­mos como au­tén­ti­cos hi­jos.
La Igle­sia quie­re ser un ho­gar de la aco­gi­da en el sen­ti­do más be­llo y bon­da­do­so de la ex­pre­sión. Y esta es la ra­zón por la que co­la­bo­ra­mos unos y otros no so­la­men­te en la ca­te­que­sis con la que for­ma­mos la fe de nues­tros ni­ños, jó­ve­nes y adul­tos, ni tam­po­co úni­ca­men­te en la ex­pre­sión de esa fe a tra­vés de los sa­cra­men­tos y la li­tur­gia, sino tam­bién con la ca­ri­dad que se hace ges­to de so­li­da­ri­dad amo­ro­sa que sale al en­cuen­tro de los más ne­ce­si­ta­dos. Es­tos son siem­pre los tres pi­la­res so­bre los que se edi­fi­ca la co­mu­ni­dad cris­tia­na: la li­tur­gia y la ora­ción, la ca­te­que­sis y la for­ma­ción, y la ca­ri­dad y el com­pro­mi­so con la jus­ti­cia.
La Igle­sia es algo más que una co­lec­ta, o una “X” que po­ne­mos en la de­cla­ra­ción de la ren­ta, aun­que esto sea un cau­ce de ex­pre­sión de nues­tra co­mu­nión her­ma­na­da o del re­co­no­ci­mien­to que nos ha­cen per­so­nas que nos ayu­dan a ayu­dar. La Igle­sia es sa­ber­nos miem­bros de una co­mu­ni­dad cris­tia­na que ce­le­bra su fe, la for­ma y tes­ti­mo­nia, y que pone nom­bre a las ne­ce­si­da­des co­mu­nes que no duda en com­par­tir. Ade­más de las obras ca­te­qué­ti­cas y asis­ten­cia­les, tam­bién las igle­sias como ta­les, las er­mi­tas, los cen­tros pa­rro­quia­les, son pa­tri­mo­nio de este pue­blo de Dios que en­tre to­dos los que for­ma­mos par­te de él de­be­mos sa­ber cus­to­diar­lo con gra­ti­tud y desea­mos man­te­ner­lo en pie. Qué bueno es que los her­ma­nos vi­van uni­dos en el ho­gar de Dios. Por tan­tos, por mu­chos, por to­dos.
+ Fr. Je­sús Sanz Mon­tes, ofm
Ar­zo­bis­po de Ovie­do


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